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| Capa preparandose antes de sobre en Napoles |
Siempre me gusto la historia, sobre todo la de guerras, y de
pequeño, leyendo sobre la II guerra mundial, vi “La Foto”. Fue ver esa foto (la de abajo de este parrafo) y
desde ese momento me dije, “quiero ser como él” y así empezó todo un periplo
que todavía estoy intentando conseguir, ser fotógrafo.
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| Hombres saltando de la barcaza |
Y la fotografía, si nos ponemos puristas (como hacen algunos
aficionados y profesionales hoy en día), no es buena, le fallan muchas cosas, y
la que más destaca es que está bastante borrosa y si ya miramos las demás imágenes
que se conservan de esta serie, ni digamos ya… Pero eso fue un fallo del técnico
de laboratorio de Londres, aunque en algunas, como el propio Capa reconocería,
era del temblor de sus manos. Pero lo que hacen de especial estas fotografías es
el momento y que son únicas. Son las fotos que tomo durante la primera oleada
del desembarco de Normandía, en la que se metió en una barcaza como un soldado
más y salto con ellos en la playa “Omaha (la más sangrienta de aquel
desembarco)”, corriendo el mismo peligro que aquellos hombres que luchaban. He aquí
su relato de aquel día:
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| Antes de llegar a la playa |
“Los de la primera oleada subimos a trompicones a nuestras
lanchas y (como en un ascensor lento) descendimos hasta el mar. El mar estaba
picado y nos mojamos antes de que nuestra lancha se alejara del buque nodriza.
Ya estaba claro que el general Eisenhower no lideraría a su gente hasta el otro
lado del canal con los pies secos, ni con ninguna otra parte seca.
En un abrir y cerrar de ojos, los hombres empezaron a
vomitar. Pero esta era una invasión cortés minuciosamente preparada, y nos
habían dado bolsitas de papel para ese propósito. Pronto, los vómitos llegaron
a un nuevo mínimo. Tenía la impresión de que esto se convertiría en el padre y
la madre de todos los días D.
La costa de Normandía estaba aún a varias millas cuando las
primeras detonaciones inconfundibles llegaron a nuestros atentos oídos. Nos
ocultamos en el agua mezclada con vómito del fondo de la lancha y dejamos de
observar la costa que se acercaba. La primera lancha vacía, que ya había
descargado a sus soldados en la playa, se cruzó con nosotros en su camino de
vuelta hacia el Chase, y el timonel negro nos sonrió alegremente e hizo el
signo de la victoria. Ya había suficiente luz para hacer las primeras fotos y
saqué mi primera cámara Contax de su funda impermeable de hule. La quilla plana
de nuestra lancha tocó tierra francesa. El timonel bajó la proa de la lancha,
recubierta de acero, y allí, entre las grotescas formas de los obstáculos de
acero que sobresalían del agua, había una delgada franja de terreno cubierta de
humo: nuestra Europa, la playa Easy red.
Mi bella Francia tenía un aspecto sórdido y poco acogedor, y
una ametralladora alemana que escupía balas alrededor de la lancha aguó
completamente mi regreso. Los hombres de mi lancha avanzaban con dificultad con
el agua hasta la cintura, con los fusiles listos para disparar, ante el fondo
de los obstáculos contra el desembarco y la playa humeante. Al fotógrafo le
bastaba. Me detuve por un momento en la rampa para sacar mi primera auténtica
fotografía de la invasión.
El timonel, que tenía una prisa comprensible por salir a
toda velocidad de ahí, confundió mi actitud al tomar la fotografía con una
indecisión explicable y me ayudó a decidirme con una certera patada en el
trasero.
El agua estaba fría, y la playa aún estaba a más de cien metros. Las
balas hacían agujeros en el agua a mi lado, y me dirigí al obstáculo de acero
más cercano. Un soldado llegó allí al mismo tiempo, y por unos momentos
compartimos su protección. Quitó el protector impermeable de su fusil y empezó
a disparar, sin apuntar demasiado, a la playa oculta por el humo. El sonido de
su fusil le dio el valor suficiente para avanzar y me dejó el obstáculo para
mí. Ahora tenía algo más de espacio, y me sentí lo suficientemente seguro como
para sacar fotografías de los otros muchachos que se ocultaban igual que yo.
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| Obstáculos anti desembarco sirviendo de refugio contra las balas |
Aún era muy pronto y todo estaba demasiado gris para sacar
buenas fotografías, pero el agua gris y el cielo gris hicieron muy eficaces a
los hombrecillos que se refugiaban bajo los diseños surrealistas del grupo de
cerebros anti desembarco de Hitler.
Saqué todas mis fotos y sentía el frío del mar en mis
pantalones. De mala gana, traté de alejarme de mi poste de acero, pero las
balas me hacían volver cada vez que lo intentaba. Delante de mí, a unos
cincuenta metros, uno de nuestros tanques anfibios medio carbonizado sobresalía
del agua y me ofrecía mi siguiente refugio. Evalué la situación. La elegante
gabardina que me pesaba en el brazo no tenía demasiado futuro. La solté y corrí
hacia el tanque. Lo alcancé avanzando entre cadáveres flotantes, me paré a
sacar algunas fotos más e hice acopio de valor para la última carrera hasta la
playa.
Ahora los alemanes tocaban todos sus instrumentos, y no
podía encontrar un hueco entre los proyectiles de artillería y las balas que
bloqueaban los últimos veinticinco metros hasta la playa. Estaba detrás del
tanque, repitiendo una frase de mi época de la guerra civil española: “Es una
cosa muy seria. Es una cosa muy seria”.
La marea estaba subiendo, y el agua ya llegaba a la carta de
despedida de mi familia que llevaba en el bolsillo del pecho [una carta que
como muchos otros Capa había escrito pocas horas antes y que nunca llegó a
enviar]. Detrás de la protección humana de los últimos dos soldados llegué a la
playa. Me tiré al suelo y mis labios tocaron tierra francesa. No tenía ganas de
besarla.
A los alemanes aún les quedaba muchísima munición, y deseé
fervientemente poder estar bajo tierra en ese momento y sobre ella más tarde.
Las probabilidades de que fuera al revés se estaban haciendo cada vez mayores.
Giré la cabeza a un lado y me encontré de bruces con el teniente de nuestra
partida de póquer de la noche anterior. Me preguntó si sabía lo que él estaba
viendo. Le dije que no, y que no pensaba que pudiera ver mucho más allá de mi
cara. “Le diré lo que estoy viendo”, susurró. “Veo a un hombre en la entrada de
mi casa, agitando mi póliza de seguro”.
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| Este soldado sobrevivio a la carniceria, murio en 1992 a los 80 años. en la foto tenia 32 |
Saint-Laurent-sur-Mer debió de haber sido en algún tiempo un
lugar de vacaciones gris y barato para maestros de escuela franceses. Pero el 6
de junio de 1944 era la playa más horrible del mundo. Agotados por el agua y el
miedo, permanecimos cuerpo a tierra en una pequeña franja de arena mojada entre
el mar y las alambradas. La inclinación de la playa nos proporcionaba algo de
protección de las balas de ametralladora y de fusil, siempre que
permaneciéramos pegados al suelo, pero la marea nos empujaba contra las
alambradas, desde donde disparaban como si se acabara de abrir la veda. Me
arrastré pegado al suelo hasta mi amigo Larry, el capellán irlandés del regimiento,
que blasfemaba mejor que cualquier aficionado. Me gruñó: “iMaldito medio
francés! Si no te gustaba el sitio, ¿por qué demonios has vuelto?”. Tras haber
recibido ese consuelo religioso, saqué mi segunda cámara Contax y empecé a
sacar fotografías sin levantar la cabeza.
Desde el aire, Easy Red debía parecer una lata de sardinas
abierta. Como sacaba las fotografías desde el ángulo de la sardina, el primer
plano de mis imágenes estaba lleno de botas mojadas y rostros verdosos. Por
encima de las botas y las caras, las fotografías estaban llenas de humo de
granadas. El fondo eran tanques quemados y lanchas que se hundían. Larry tenía
un cigarrillo seco. Yo busqué mi petaca de plata en el bolsillo lateral y se la
ofrecí a Larry. Inclinó la cabeza hacia un lado y echó un trago por el extremo
de la boca. Antes de devolver la botella se la dio a mi otro amigo, el
sanitario judío, que imitó la técnica de Larry con gran éxito. El extremo de la
boca también fue suficientemente bueno para mí.
La siguiente granada de mortero cayó entre las alambradas y
el mar, y todos los trozos de metralla encontraron a un hombre. El sacerdote
irlandés y el sanitario judío fueron los primeros en ponerse de pie en la playa
Easy Red. Yo hice la fotografía. La siguiente granada cayó aún más cerca. No me
atrevía a quitar el ojo del visor de mi Contax y sacaba frenéticamente una foto
detrás de otra. Medio minuto más tarde, mi cámara se atascó: se había acabado
el carrete. Busqué un nuevo carrete en la bolsa, y mis manos mojadas y temblorosas
lo estropearon antes de que pudiera meterlo en la cámara.
Hice una pequeña pausa... y entonces me sentí muy mal. La
cámara vacía temblaba en mis manos. Una nueva clase de miedo agitaba mi cuerpo
de pies a cabeza y contraía mi rostro. Desenganché mi pala y traté de cavar un
hoyo. La pala tocó roca debajo de la arena y la lancé lejos. Los hombres a mi
alrededor yacían inmóviles. Sólo los muertos que estaban al lado de la playa se
balanceaban con las olas. Una lancha desafiaba al fuego: sanitarios con cruces
rojas pintadas en sus cascos comenzaron a salir de ella. No lo pensé y no lo
decidí: sólo me levanté y salí corriendo hacia la lancha. Entré en el mar entre
dos cadáveres y el agua me llegaba al cuello. La resaca me golpeaba el cuerpo y
cada ola me abofeteaba la cara bajo el casco. Llevaba las cámaras en alto, por
encima de la cabeza, y de pronto me di cuenta de que estaba huyendo. Traté de
dar la vuelta, pero era incapaz de enfrentarme a la playa, y me dije a mí
mismo: “Sólo voy a secarme las manos en esa lancha”.
Llegué a la lancha. Los últimos sanitarios estaban saliendo.
Yo trepé a bordo. Al llegar a la cubierta sentí un impacto y de pronto me vi
totalmente cubierto de plumas. Pensé: “¿Qué es esto? ¿Alguien está matando
gallinas?”. Entonces vi que habían destruido la superestructura de un disparo,
y que las plumas eran del forro de las chaquetas de miraguano de los hombres
que habían saltado por los aires. El patrón estaba llorando. Los restos de su
ayudante habían caído sobre él y estaba hecho un asco.
Nuestra lancha empezaba a escorar y nos alejamos lentamente
de la playa para intentar alcanzar el buque nodriza antes de hundirnos. Bajé a
la sala de máquinas, me sequé las manos y metí carretes nuevos en las dos
cámaras. Volví a cubierta a tiempo para sacar una última fotografía de la playa
cubierta de humo. Después hice algunas fotografías de la tripulación efectuando
transfusiones en la cubierta superior. Una lancha de desembarco atracó a
nuestro lado y nos sacó del barco que se iba a pique. Luego trasladaron a los
heridos graves en medio de una mar gruesa. Aquello no era tarea fácil. Dejé de
sacar fotos. Estaba ocupado levantando camillas. La lancha nos llevó al USS
Chase, el mismo barco que había abandonado hacía sólo seis horas. En el Chase
estaban arriando la última oleada del 16º de Infantería, pero la cubierta
estaba otra vez llena de soldados heridos que volvían y de cadáveres.
Esta era mi última oportunidad para regresar a la playa. No
fui. Los rancheros que nos habían servido el café vestidos de chaqueta blanca y
guante blanco a las tres de la madrugada ahora estaban cubiertos de sangre y se
dedicaban a coser sacos blancos para los cadáveres. Los marineros izaban
camillas de las lanchas atracadas a nuestro lado. Empecé a sacar fotos. Luego
las cosas se complicaron...
Desperté en una litera. Mi cuerpo desnudo estaba cubierto
con una manta áspera. En el cuello tenía un trozo de papel que decía: “Caso de
agotamiento”. Él dijo: “Soy un cobarde”. Era el único superviviente de los 10
tanques anfibios que habían precedido a las primeras oleadas de infantería.
Todos los tanques se habían hundido en la mar gruesa. Decía que tenía que
haberse quedado en la playa. Yo le dije que yo también debería haberme quedado.
Los motores zumbaban; nuestro barco regresaba a Inglaterra.
Por la noche, el hombre del tanque y yo nos dábamos golpes en el pecho
insistiendo en que el otro no tenía nada que reprocharse, que el único cobarde
era él mismo. Por la mañana atracábamos en Weymouth. Un montón de periodistas
hambrientos a los que no se les había permitido apuntarse a la invasión nos
esperaban en el puerto para recoger las primeras impresiones personales de los
hombres que habían llegado a la playa y habían vuelto. Me enteré de que el otro
fotógrafo corresponsal de guerra enviado a la playa de Omaha había vuelto dos
horas antes y de que en ningún momento había dejado su barco, nunca puso el pie
en la playa. Ya estaba de camino a Londres con su estupenda exclusiva.”
Un relato que da a pensar en el horror de la guerra…
Capa tenía en su posesión 72 fotos (de las dos Contax y la
Rolleiflex) de lo que serían las únicas fotos del desembarco de Normandía en la
propia playa, al lado de los soldados, unas fotos únicas. Pero como dije antes,
por presiones de los de arriba (cosa que todavía sigue pasando en la prensa hoy
en día aunque sea digital) el técnico de laboratorio, aplico demasiado calor al
secado de los negativos, jodiendo la gran mayoría de las fotos. Solo 11 se “salvaron”.
Y por este gran fotógrafo, lleno de valor (o locura) se metió
en primera línea de todas las guerras (murió pisando una mina) dejando para la
posteridad el horror y sufrimiento de estas luchas, la gran mayoría sinsentido,
decidí dedicarme a esta noble profesión, el de contar historias.
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| Tatuaje (sin terminar) de la foto que me marco y la gran maxima de Capa "si la foto no es buena, es que no estas lo suficientemente cerca" |